ENSÉÑAME
A
PENSAR
AUTOR:
Luis Miguel Heras Rubio
-Ya va
siendo hora de que dejen de sonar despertadores que joden los mejores sueños-
Por ellas,
que nunca pierden la sonrisa. G.A
Por aquellos
que empezamos el 2015 solteros.
Os lo dedico
PRÓLOGO
Quizás la desconfianza sea uno de los mayores
miedos del ser humano; nos preocupamos
demasiado por la impresión que damos a los demás y a veces desvaloramos a los
de nuestro alrededor para intentar sorprender a los desconocidos. ¿Pero crees
que puede llegar el día en el que no
creas ni en los de tu alrededor? ¿Que aquellos que creíste imprescindibles en
tu vida de repente se van y no vuelven? ¿Qué quién decía ser ya no es? Si lo
crees imposible, yo te invito a que vivas la aventura de estos 12 amigos,
bueno, si se les puede llamar amigos; en la que en un simple fin de semana de
otoño sus vidas cambian por completo.
CAPÍTULO
1
“El
Jefe”
Siempre salían juntos, fueran dónde fueran
nunca faltaba ni uno, siempre les veías reír por las calles de Segovia, de
norte a sur, de este a oeste. Cada día
recorrían los 12, toda Segovia, eran inseparables. Creo que todos los
ciudadanos de Segovia nos sabíamos sus nombres como el libro gordo de Petete,
como no nos les íbamos a aprender si siempre les cantaban.
Daba gloria cuando pasaban por aquí, cerca de
mi ventana, siempre cantaban aquella canción que del aburrimiento y de tanto
repetirla no la sabíamos todos los vecinos de esta humilde ciudad:
“Había
una vez unos amigos chiquititos que no podían, que no podían dejar de ser
felices, de sonreírle a la vida. Sí, señores y señoras ellos son: Yoli, Javier,
Rocío, Darío, Ángela, Jorge, Omar, Cleo, Sara, Diego, Helena y Antúan”
Había de todo: Darío era muy risueño; Rocío
era muy tímida; Yoli, era un poco trasto; Javier, estaba un poco afeminado pero
era muy cariñoso; Ángela, nunca estaba de acuerdo con nada; con Jorge todos se
lo pasan de maravilla; Omar era muy soso; Cleo siempre tenía dulces palabras
para los demás; a Sara nunca se la podían contar secretos era muy chismosa; a
Diego le gustaba mandar y mucho; Helena era la pequeñita del grupo tendría unos
16 años y Antúan era el guaperas de todo el grupo.
Siempre se reunían en una pequeña casita de
madera que habían construido ellos y allí se lo pasaban en grande. Muchos de
ellos trabajaban, mientras que el resto tenían que estudiar; pero siempre
sacaban tiempo para quedar todos juntos desde las 4 de la tarde hasta las 9 de
la noche. Ni las discotecas, ni las fiestas de los pueblos de alrededor; a
ellos les gustaba quedar y contarse como les estaba yendo la semana y ya de
paso jugar a los juegos estos de “Verdad o atrevimiento”. Una vez le tocó al
pobre de Darío ir a la Universidad en pelotas y menuda bronca le cayó.
Muchos, se veían todos los días. Los que
estudiaban compartían vida en el mismo piso y Omar y Ángela trabajaban en el
mismo supermercado.
Las vacaciones de Navidad y Verano las solían
pasar todos juntos, desgraciadamente, todos ellos eran huérfanos y se habían
conocido desde muy chiquitos en el orfanato.
Nunca habían tenido ni una pelea y siempre se
contaban todos los secretos: que si a uno le gustaba la compañera suya de
pupitre, que si a la otra la gustaba su compañero, el camarero. Con ellos las
risas estaban aseguradas. Hasta que, desafortunadamente,
un día decidieron alquilar una casa rural para todo un fin de semana, desde
aquel momento ya nada volvió a ser como antes.
Quedaron una noche oscura en aquella cabaña
en la que siempre se reunían, dispuestos a coger el mejor hotel de Albacete e
irse a vivir allí, todos juntos durante
todo un fin de semana; de viernes por la tarde a domingo noche. Estuvieron
varias horas; indecisos, aunque se llevaban muy bien, cada uno tenía opiniones
muy distintas y llegar a un acuerdo todos juntos era un dilema gordo. Pero
alrededor de la medianoche la idea propuesta por Sara fue la más votada: irían a una mansión cerca del
pueblo de Socovos, dicho lugar era conocido con el nombre de “El Jefe” y estaba
muy bien económicamente (únicamente tendrían que pagar 10€ cada uno).
Terminaron la reunión pensando quien llevaría los 3 coches: Omar, Yoli y Darío
serían los encargados de llevarles hacia su destino; también decidieron que
días pasarían en aquel hotel: del 16 de octubre a las 5 de la tarde hasta el
domingo 18 a las 10 de la noche.
Aquel día llegó muy pronto, todos los integrantes de aquella pandilla se pasaron
las horas anteriores corriendo con sus
maletas por todo el acueducto. La gente que pasaba por allí se les quedaba
mirando, pero a ellos ni les importaba, seguían a su rollo; gritando, cantando.
Tenía toda la pinta de que iba a ser un fin
de semana inolvidable para todos aquellos.
Las 5 la tarde se les hicieron eternas, pero
finalmente llegó aquel momento. Los 12 amigos quedaron con los coches de
algunos de ellos en la casita de madera, Yoli llevó a algunas chicas, mientras
que Darío y Omar se repartieron al resto.
Fue un viaje largo, llegaron a su destino en
3 horas y algún que otro minuto; pero cada coche eran un espectáculo: en el
coche de Yoli, las chicas empezaron a hablar de sus ligues, de cuál era para
ellas el mejor beso y cuál de los de los chicos de su pandilla era el más guapo;
en el coche de Omar, tenían la música a tope y cantaban las canciones de Juan
Magan y Extremoduro; y, en el coche de Darío las bromas eran las reinas de las
fiestas, acompañadas de numerosas risas.
Pasadas las 8 de la tarde, llegaron a su
destino.
Al bajar del coche todos se quedaron
boquiabiertos, era una mansión enorme, no había ni una sola persona, estaba
aislada del resto del mundo, era tan tenebrosa que la mayoría decidieron coger
el coche y largarse; pero al hacerlo los coches dejaron de funcionar. Comenzó a
sembrarse el caos.
La primera que se quejó fue Ángela, como
siempre; decía que ya lo sabía, que esa mierda de hotel era demasiado barato
para ser como lo pintaban en Internet, y que por la culpa de todos ellos iba a
pasar un fin de semana sumergido en una mierda de casa. La siguió Darío, que
aunque a éste la situación no le daba ninguna buena impresión decidió tomárselo
bien y les tranquilizó a sus compañeros explicándoles que quizás la casa no
estaría tan mal y que seguramente se lo pasarían de maravilla allí dentro. El
resto apoyó a Darío y cogieron las maletas y empezaron a subir los escalones de
aquella mansión que estaban repletos de hojas de una de las enredaderas. Helena
subió agarrada de su novio, Diego, Antúan ayudó a Rocío a subir las maletas y
el resto subió sin acompañamiento aquellas escaleras a las que las faltaban
trozos.
Cuando llegaron a la enorme puerta, Jorge
comenzó a introducir la llave en el agujero de hierro de ésta. La dichosa
puerta no se abría, hasta que llegó Yoli, le agarró la mano a éste y le dijo
que era para el lado contrario al que éste lo estaba haciendo. Jorge la miró,
se llevó la mano a la cabeza y se la arrascó, y sonriéndola la dijo:
-Ups… Pues… va a ser verdad.
-Claro que sí tonto, ¿tú de abrir puertas no?
Javi les cortó el rollo
-Venga, dejaos de chorradas y abridnos de una
maldita vez la puerta.
Yoli y Jorge sonrieron y ésta abrió la puerta
ayudaba un poquitín por la fuerza de Jorge al empujar.
Al abrir la maldita puerta, el cartel que
estaba colgado en un clavo de la puerta se calló y la dio a Yoli en la cabeza,
quién enseguida ya tenía a Jorge a su lado preguntándola si se encontraba bien.
Ella le respondió con una sonrisa y se levantó. Cleo cogió el cartel y le quitó
la arena y el polvo que dificultaba leer lo que ponía, cuando por fin se deshizo
de todo ello, leyó en voz alta lo que estaba grabado en aquel trozo de madera
roñosa. En aquel cartel se podía leer:
“EL
JEFE” en una letra un poco inusual y seguidamente
de aquellas palabras ponía “ENSÉÑAME A
PENSAR”.
A Ángela que aquello no la estaba dando buen
rollo, cogió el cartel y le tiró a un lago que había al otro lado del final de
las escaleras. Sara la agarró de la manga del polo y la regañó diciéndola que
era lo que había tocado y que si no la gustaba que se fuera andando, pero que
no arruinará más el fin de semana al resto.
Ángela que era muy cabezota, cogió su maleta
y dispuesta a largarse bajo paso a paso cada peldaño de la escalera, pero Omar,
que estaba pilladito por ella, la detuvo y la dijo:
-Angy, no te vayas, si te vas tú, yo te
acompaño.
-No Omar no, estoy hasta las narices de que
siempre se haga lo que los demás quieren y nunca respeten a los otros.
-Angy, por ley, siempre se hace lo que la
mayoría diga.
-Omar, yo me voy, no aguanto en esta mierda
de casa ni un minuto más.
-Tía, vamos que no va a pasar nada, haz caso
a Darío y mira el lado bueno de las cosas.
Seguidamente un unísono de palabras procedentes
del último peldaño dijeron:
-Venga Ángela, que junto a nosotros te lo vas
a pasar bien.
Finalmente,
ésta aceptó y Omar la ayudo a subir las escaleras. Todos entraron en aquella
terrible casa y de repente las puertas se cerraron.
No hay comentarios:
Publicar un comentario