CAPÍTULO III: Malos y buenos humos.
Eran las 5 de la tarde y decidí preparar unas
galletas con mis niños para comerlas en la cena de esta noche. Héctor y Samuel
se lo estaban pasando en grande jugando con la harina y los polvos de cacao;
mientras yo ponía el horno y les ayudaba a amasar aquella mezcla tan rara.
Cuando estábamos metiendo las galletas en el horno llamaron al timbre.
Deje las galletas en el horno y les mandé a
los niños al baño para que se lavarán las manos y la cara; seguidamente abrí la
puerta.
-¡Buenas tardes, ¿señorita?!
-¿Y a usted quién le ha dado mi dirección? ¿Y
cómo se atreve a venir aquí? ¿No le parece bastante con lo de esta mañana?
Le cerré la puerta en las narices, pero el
tío volvió a llamar.
No tenía intenciones de abrirle, pero tampoco
soy tan mala y menos si me vienen a pedir disculpes como este me prometió.
-Perdona Azahara, sé que no es oportuno venir
a estas horas a tu casa, sobre todo en estas fechas que estarás con tu marido y
tus hijos; pero creo que no he sido muy honesto esta mañana.
-En primer lugar mi marido murió ya hace
cuatro años y habértelo pensado, antes de tratarme así como me has tratado.
-Siento mucho lo de su marido, de verdad.
Espero que me perdone, pero estoy haciendo una comprobación de los trabajadores
que hay en mi empresa porque según estamos, en tiempos de crisis,… Bueno usted
ya me comprende. Y vamos a despedir gente.
-Vale, despídame y que sepa que me he quedado
relajada cuando le he dado la bofetada y que lo volvería a hacer.
-Hazlo venga, repítelo.
-No me provoques, que a mi me da igual que
sea el jefe.
-Uy que cobarde, la gata en celo de repente
ha escondido sus garras.
-¡Zasss! Y está por si se ha quedado con
ganas ¡Zasss!.- le di dos cachetes muy sonoros
De repente, me di cuenta de que le había hecho
sangre, ya que le había arañado con mi anillo. Y le dije:
-Upps; perdóne. Pase y siéntese en aquel sofá
blanco que enseguida le curo la herida.
-No hace falta, yo ya me iba.
-Por favor, de verdad, pase y disculpe.
Fui corriendo al baño y cogí el botiquín.
Cuando bajé Hugo estaba sentado y haciendo cosquillas a los niños.
-Son muy majos, lo que pasa que no se parecen
a ti.
-Ya…-sonreí. Se parecen un montón a su padre.
-Qué pena de verás, no sabe cuánto lo siento.
-Bueno lo pasado, pasado está y no hace falta
darlo más vueltas.
-Pues sí, a mí me pasó algo parecido, pero ni
teníamos hijo ni estábamos casados. Éramos novios desde los 15 años y hace 3
años pues murió en un accidente de tráfico tal día como hoy, cuando venía a
casa de mis padres.
-Ya ves… Lo que es la vida. Algunas veces
pasas del todo a la nada y otras de la nada al todo. Bueno niños ¡iros a jugar
un poco, mientras yo curo la herida a este señor!
-Hugo, por favor; lo de señor de momento no.
-¿A ver donde le he cortado? No se mueva es
por aquí, si aquí, justo encima del ojo. Tranquilo le va a escocer un poco pero
luego se le pasará.
-Ya me lo imaginaba- se echó a reír.
Le limpié la herida con alcohol y algodón; y después
le eché un desinfectante y una tirita.
-Bueno creo que esto ya está. Y de verdad lo
siento mucho.
-No pasa nada, ha sido un accidente. Azahara
en realidad yo no he venido aquí para hablar de su despido, porque es una de
las mejores dependientas de nuestra inmobiliaria, vengo a hablarle de su coche.
-¿De mi coche? ¿Qué le pasa ahora a mi coche?
-Pues… cuando pasaba por aquí… vi que la grúa
se le llevaba y decidí pagar para que no se le llevasen, porque un buen
aparcamiento no se encuentra todos los día.
-¡Bendito sea el señor! Muchas gracias, lo
que pasa es que siempre aparco mal el coche porque nunca me atrevo a dejarlo en
el parking. ¡Qué suerte! ¿Bueno cuánto le tengo que dar?
-Nah, no se preocupe tampoco era tanto… Bueno
pues esto es todo, yo ya me voy. Pase una buena noche y Feliz Navidad.
-Gracias enserio, muchas gracias. Por ahí
está la salida y pase usted también una buena noche.
-Adiós.
Justo antes de que Hugo cerrará la puerta y
se fuera; no sé qué me dio pero me dio y le pregunté:
-¿Con quién va a pasar esta noche?
-Solo, como todas…
-Pues quédese aquí y pásela con nosotros que
también cenamos nosotros tres.
-Gracias, pero me parecería mal, porque no
tengo nada preparado ni nada.
-Da igual, si vamos a cenar pizza y patatas
fritas y además con lo del coche ya está recompensado.
-Vivo muy lejos, y en ir y venir ya se ha
pasado toda la noche.
-No se preocupe tengo cama de invitados y
seguro que usted duerme en calzoncillos.- sonreí.
-Que no que no, mucha gracias.
-Hugo, hazme el favor. Sé lo difícil que es
estar solo y más en esta época. Quédese y mañana Dios dirá.
-Bueno si insiste. Me quedo.
-Entra y haz lo que quieras. Siéntete como en
tu casa. Les voy a llamar a los niños seguro que les alegra la noticia.
De repente bajaron corriendo Samuel y Héctor.
-Mamá, Héctor ha roto la lámpara del
dormitorio.
-No mientas Samuel la has roto tú, que has
dado al balón y decías que eras Koke.
-Héctor has sido tú, que al ir a parar la
pelota has dicho que eras Moya y que la ibas a parar como él y has dado en la lámpara.
-¿CUÁNTAS VECES OS TENGO QUE DECIR QUE NO
JUGUÉIS CON LA PELOTA EN LA HABITACIÓN?.- les grité yo.
-Déjales, son niños seguro que no es para
tanto.-añadió Hugo.
-Es que son unos picieros, un día me van
romper la casa.
No sé para quién hablé quizás para las
paredes porque en cuanto me quise dar cuenta estaban en el jardín, con el frío
que hacía jugando con Hugo.
Cuando de repente:
-¡MIERDA!
Fui corriendo
a la cocina y allí me la encontré toda inmersa en una nube de humo. Las
galletas estaban chamuscadas.
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