CAPÍTULO
V: Dulce Nochebuena.
Después
de aquella situación, en la que sin darme cuenta el abrazo de Hugo significo
algo más, fuimos al baño a ayudar a vestir a los niños. Mientras yo vestía a
Héctor, Hugo terminaba de lavar el pelo a Samuel. A Hugo se le daban genial los
niños, era tan cariñoso con ellos. De repente sonó el teléfono y baje corriendo
a contestar.
-Sí,
dígame.
-Hija
¿qué tal? ¿cómo estáis?
-Hola
Papá, estamos bien, los niños están contentos y se lo están pasando bien y además tenemos un invitado.
-¿Enserio?
¿Y quién es?
-Se
llama Hugo y es una larga historia que ya os contaré.
-¿Con
novio y no nos dices nada?
-No
Papá, no es mi novio, es un chaval que también cena solo en Navidad y le he
invitado a que la pase con nosotros.
-Me
alegro, cariño. Bueno tengo que colgar.
-Vale
Papá, pasad buena noche.
-Igualmente
cielo.
Mis
padres siempre se han preocupado de mí y siempre han respetado mis gustos y mis
opiniones. Quizás no sean los mejores padres del mundo pero para mí lo son.
Cuando
regresé al cuarto de baño, el pobre Hugo estaba caladito entero y chorreaba un
montón de agua; y los niños se estaban riendo.
-¿Pero
qué ha pasado aquí?
-Jajajajaja.-se
reían los niños.
-Ya
ves Azahara, tus niños que no han parado de salpicar y mira cómo han puesto
todo.
Sonreí.
Y a continuación al ir a acercarme a sacar a Samuel de la bañera, Héctor me
salpicó y después, Samuel, y Hugo
también se apuntó. Yo no me quedé quieta empecé a salpicar a todos. Acabamos
todos empapados de agua y jabón y el cuarto de baño parecía una laguna. Hay que
decir que no lo pasamos bien y que nos reímos un montón.
-Venga
niños, ¡Ya! ¡Parad! Luego, ¿quién va a limpiar todo esto? Mamá ¿no? Pues ala,
venga saliros y poneros la toalla.
La
ropa de Samuel estaba en el suelo llena de agua, se la había quitado y se había
vuelto a meter en la bañera.
-Jo….-respondieron
los gemelos.
Los
niños salieron y se fueron a su dormitorio a vestirse.
-Hugo,
creo que tengo alguna camisa y algún pantalón de Iker que quizás te estén bien,
porque estás calado.
-No
te preocupes, esto se seca enseguida.
-¡Qué
vas a coger un constipado! Quédate aquí que no tardo nada en ir a por ello.
-No,
Aza, enserio. Era de tu marido y seguro que lo guardas con mucho aprecio.
Ese
Aza, fue especial, Iker al principio de conocerme también me llamaba así.
-Mi
marido, desafortunadamente no lo puede usar; y seguro que a él no le importaría
que te lo pusieras.
-Me
da mucho respeto Azahara, de verdad.
-Anda
no seas tonto, enseguida vuelvo.
Fui
a mi cuarto, cogí una camisa de rayas de Iker y un pantalón vaquero.
De
camino al baño, me di cuenta de que los calzoncillos también les tendría
mojados y regresé a mi dormitorio. Rebusqué y rebusqué, pero no encontré ningún
calzoncillo.
-Hugo,
toma. Si quieres dúchate o báñate un poco en lo que yo hago la cena. No he
encontrado calzoncillos, no sé donde les guardaba Iker.
-No
pasa nada. Si no te importa me voy a duchar un poco, porque llevó un día un
poco ajetreado.
-Tú
dúchate a gusto, dentro de la ducha está el jabón y el champú y si quieres coge
mi toalla que es esa de la esquina.
-De
acuerdo, Gracias.
Cerré
la puerta del baño y llamé a los niños para que me ayudaran a hacer las pizzas
y las patatas fritas.
-Héctor,
mete esta pizza en el horno. Tú Samuel ayúdame a meter las patatas fritas a la
freidora.
En
10 minutos la cena estuvo lista. Decoramos un poco la mesa, con un mantel de
Navidad, unas flores de Pascua que me había regalado mi hermana, pusimos esos
cubiertos que se encuentran en el fondo del cajón, que Iker y yo decíamos que
eran para ocasiones especiales, y encendimos la televisión.
-Niños,
Hugo está duchándose, id a llamadle y decidle que la cena está lista.
Fueron
a llamarle y en menos que canta un gallo ya estaban de vuelta.
-Mamá,
dice Hugo qué dónde deja la ropa sucia.
En
ese momento me quede en blanco, no sabía que decir ni que responder.
-Dile
que les meta en el… en el… en el… Que la deje en el taburete del baño que ya lo
meto en la lavadora.
-Vale.-respondió
Héctor.
Fueron
corriendo a decírselo, y en unos segundos ya estaban de vuelta.
-Chicos,
sentaros en la mesa que enseguida pongo las patatas fritas. Al ir a la cocina,
Hugo bajó por las escaleras. De repente, me recordó un montón a Iker, la ropa
le quedaba tan bien, que parecía él.
-Qué
guapo estás Hugo.
-Gracias.-sonrió.
Sonreí.
-Siéntate
en la mesa que ya llevo las patatas y las pizzas.
-Déjame
que te ayude.
Por
un momento, nuestros cuerpos se rozaron, me puse tan nerviosa que se me cayeron
todas las servilletas.
-Uy
lo siento.- dijo Hugo.
-No
si he sido yo, que no miro por donde voy.
-Espera
que te ayudo.
Al
recoger las servilletas nuestras manos se chocaron, me miró y le miré,
sonreímos.
Me
levanté y dije muy nerviosa:
-Bue…
no, no ha si…do pa tan…to.
Sonrió.
-Son
unas servilletas, se recogen enseguida
Sonreí.
-Vamos
para la mesa que los niños tienen que estar hambrientos.
Con
las pizzas y las patatas nos dirigimos hacia la mesa y nos sentamos.
-Yo
quiero la de jamón york.-dijo Héctor.
-Yo,
la de 5 quesos.-dijo Samuel.
-Chicos,
toda entera no, tiene que haber para los demás.
Estuvimos
un buen rato cenando, Hugo apenas decía nada y yo todo el rato estaba regañando
a los niños para que se comportaran bien.
Una
vez acabada la cena, recogí todo y llevé las galletas.
Repartí
a cada uno 5, y estaban tan ricas que me hubiera comido otras 5.
-Mmm
que ricas.-dijo Héctor.
-Es
verdad, están muy buenas.-dije yo.
-Venga
chocad esos cinco chicos.
Los
niños chocaron los cinco a Hugo.
-Aza,
tú también.
Sonreí.
Los
niños se empeñaron en cantar villancicos y estuvimos toda la noche cantando
villancicos que les habían enseñado en la escuela, nos obligaron a Hugo y a mí
a cantarles y también a ponernos unos sombreros de Papa Noel y unas diademas de
cuernos de reno. Parecíamos ridículos pero no lo pasamos muy bien. Hay que
decir que Hugo cantaba fatal; pero bueno yo no es que cantara como India
Martínez. A las 11 y media de la noche les dije a los niños que se fueran a la
cama porque seguramente Papá Noel estaría a punto de llegar y así lo hicieron.
Les ayudamos a ponerse los pijamas y le dije a Hugo que viniera conmigo a
acostarles.
-Niños,
dormid tranquilos y mañana ya veréis si os habéis portado bien.
Estaban
nerviositos perdidos y sé que les iba a costar coger el sueño. Les di el beso
de buenas noches e insistieron en que les contara el cuento de “Peter Pan”,
pero no tenía muchas ganas y Hugo se ofreció a contársele.
Le
susurre a Hugo al oído que no le extrañase que se supieran el cuento de memoria
pues todas las noches del año se le contaba. Sonrió y me dijo:
-No
te preocupes.
Y
me guiñó el ojo.
Mientras
tanto, recogí la mesa y coloqué todo como estaba antes. Me senté en los pies
del sofá y miré fijamente al fuego de la chimenea, pensé y recordé lo de
siempre. Estas navidades no estaban siendo tan aburridas pero me faltaba él, mi
Iker. No sabéis cuanto le echaba de menos.
-Aza,
¿puedo sentarme a tu lado?
-Claro.
-¿Qué
haces?
-
Lo de siempre Hugo, lo de siempre.
-Aza,
miramé.
Le
miré.
-Es
duro y difícil cuando se dice adiós para toda la vida y más cuando toda la vida
piensas en él. Pero esto es así, la muerte es tan generosa, que aun sabiendo
que siempre va a ganar nos da toda una vida de ventaja. Porque todos estamos
predestinados y a veces nos vamos antes de lo debido y dejamos muchos sueños
por cumplir, pero estoy seguro de que tu marido ha cumplido muchos de sus
sueños a tu lado. Porque cuando sueñas te dejas llevar, no hay problemas,
aunque te parezca mentira yo creo en los sueños y yo pienso que soñamos por
algo, ese algo está oculto en ellos.
Porque soñando, no todas las veces, pero muchas de ellas eres feliz.
Fueron
tan bonitas sus palabras que no pude contener las lágrimas.
-No
puedo dejar de pensar en él, me hizo tan feliz que me duele en el alma que no
esté aquí.
Con
sus suaves manos me secó las lágrimas y me dijo:
-No
llores Aza, sé que has sufrido demasiado y que seguramente a tu marido desde
allá dónde esté no le gustaría nada que llorases. Es el momento de que seas
feliz, levanta esa cara y tienes que ser fuerte, porque lo que se va
desgraciadamente ya no puede volver.
Le
abracé.
-Qué
bueno eres Hugo.
-Todo
lo que sé me lo enseñó una bruja.
-Jajajaja.-sonreí.
-Eso
dice la canción.
-Sí,
eso dice.
-Seguro
que te ayuda un poco de terapia, ¿quieres?
-¿Qué
si quiero qué?
-Qué
yo sea tu terapeuta por una noche.
-Jajajaja.
Está bien.
-Mis
terapias son un poco duras, pero seguro que te ayudan.
-No
me asustes…
-Tranquila
tu solo déjate llevar y cuéntame absolutamente todo.
Empezó
a hacerme una serie de preguntas que me ayudaron un montón a desahogarme.
-Primeramente
no tienes que llorar.
-Está
bien, lo voy a intentar.
-¿Cómo
os conocisteis tu marido y tú?
-Iker,
se llamaba Iker.
-Bueno
pues Iker, ¿cómo os conocisteis?
-Fue
exactamente un 4 de noviembre, yo estaba esperando en una parada de autobús, y
él pasaba por la calle. Al ir a subir al autobús, me olvidé las llaves en el
asiento de la parada, y cuando estaba sentada en el asiento del autobús, él se acercó y se
sentó a mi lado y me preguntó que si se me habían olvidado las llaves, empecé a
rebuscar por mis bolsillos y me di cuenta de que había perdido las llaves. Era
tan bromista que no me dio las llaves hasta que no lo di un beso en el moflete.
El viaje duró dos horas, dos horas intensas y que se me pasaron volando, me
empezó a contar chistes, toda su vida, yo le conté la mía y nos reímos un
montón. Nos dimos nuestros números y como vivíamos cerca pues empezamos a
salir.
-Qué
bonito. ¿Dónde fue vuestro primer beso?
Sonreí.
-Me
acuerdo de ese día como si fuera hoy, llevábamos 7 meses saliendo y yo era una
vergonzosa y no me atrevía a besarle. Ese día vino a la casa de mis padres a
pasar la noche, tenía yo 21 años y en mi
habitación empezamos a jugar con las gominolas, los lacasitos, los conguitos y…
pasó. Y desde ese día, todos los días nos besábamos.
-¿En
qué momento decidisteis tener hijos?
-Pues
si te digo la verdad, no entraba en nuestros planes, llegaron un día de
casualidad.
-¿Enserio?
-Sí-sonreí.
-Ya
no hay más preguntas.-dijo Hugo.
-Me
ha venido muy bien, de verdad, muchas gracias.
-Esas
gracias te las guardas.-sonrió.
Solamente
eran las 12 de la noche y no tenía muchas ganas de dormir y creo que Hugo
tampoco.
-Azahara,
te voy a contar un chiste que seguro que te encanta.
-Yo
soy muy poco chistosa.-sonreí.
-Y
yo, pero seguro que con este te partes.
-Venga
va.
-Van
dos y se cae el del medio.
-¿Y
la gracia? Ese chiste es más viejo que la tos.
-En
el chiste. ¿A qué nunca te has planteado que pudiera haber un tercero?
-Pero
si has dicho que iban dos.
-Claro,
pero te he dicho que se cae el tercero que es el del medio.
-Que
retraso.
No
tenía ni la mínima gracia, pero ver como contaba el chiste y su cara al contarlo,
no tenía precio, eso sí que era gracioso. Empezamos a reírnos y cuando
intentábamos parar, nos mirábamos y volvíamos a reír, estuvimos así un buen
rato hasta que sucedió algo que acabó con el buen rollo y la risa. Sin quererlo
ni desearlo nuestros labios se juntaron. Le besé, me besó.
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